Confirmado, los cuentos con moraleja no funcionan

Es bien conocido la devoción casi religiosa que los estadounidenses sienten por la figura de George Washington. Al igual que sucede con Jesús, los norteamericanos cuentan historias de su infancia que rozan la santidad, y entre las más conocidas (por su moraleja, que incide en la importancia de decir siempre la verdad) está la famosa historia de George Washington cuando era un niño de seis años, y lo que le hizo al valioso retoño de cerezo que su padre idolatraba (podéis leerlo aquí). Os recomiendo leerla si no la conocéis, solo os tomará un minuto y os ayudará a entender este post.

¿A qué viene empezar hablando de cuentos? Bien, resulta que en medio mundo, nos empeñamos en enseñarles buenos valores a nuestros hijos, como la moralidad o la honradez, a través de historias ficticias que toman principalmente la forma de un cuento infantil aleccionador (pensad en “Pedro y el Lobo” por ejemplo ). Pero según un nuevo estudio en psicología realizado por científicos canadienses, resulta que no, que los niños no son tan simples como pensábamos. ¡A ver si va a ser este el problema que hace que nuestros políticos se manejen tan mal con el término honradez una vez adultos!

Ahora en serio, tras este trabajo experimental se encuentra un equipo de investigadores de tres universidades canadienses (Toronto, McGill y Brock) empeñados en averiguar si esa idea tan reconfortante para los padres, que sostiene que los cuentos infantiles tienen efectos “formativos” en quienes los escuchan es real, o simplemente un mito. ¿Ayudan de algún modo las mentiras de Pedro el pastor y sus pésimas consecuencias para las ovejas, a que los niños se formen una idea de lo que es correcto, o más bien se tomarán los críos estas historias como un simple pasatiempo? Seguid leyendo, seguro que os sorprenden las conclusiones.

El experimento es realmente curioso y un poco largo de explicar, pero voy a intentarlo. Decir primero que la muestra fue de 268 niños, con edades comprendidas entre los tres y los siete años.

Para comenzar se hacía sentar al niño en el extremo de una mesa, pero de espaldas al investigador, que se sentaba al otro extremo. En un momento dado, el investigador sacaba un juguete, lo ponía sobre la mesa y apretaba un botón que hacía un ruido distintivo (por ejemplo un patito haría “cuack”, un coche imitaría a un claxon, etc). Tras eso le pedía al niño que adivinara de qué juguete se trataba sin darse la vuelta.

Cuando el niño respondía, el investigador le decía al niño que se había olvidado un libro que quería leerle, y que se iba a ausentar un momentito para buscarlo. Antes de irse, le pedía por favor al niño que no se diera la vuelta para comprobar si había acertado la naturaleza del juguete durante su ausencia. Es importante decir que este investigador no podía ver si el niño se giraba o no para ver, mientras estaba fuera. No obstante, un segundo investigador que no se comunicaba con el primero, grababa en vídeo todo el proceso.

Al regresar el primer experimentador tras un minuto, tapaba con un pañuelo el juguete y le pedía al niño que se diera la vuelta. En ese momento le decía al niño que le iba a contar un cuento, y que tras él le haría una pregunta. En cada ocasión, se asignaba un cuento a cada niño que podía ser el de control (la fábula: “La liebre y la tortuga” ya que se considera que no tiene moraleja aleccionadora) o una de estas tres historias bien conocidas por su supuesto fin moralizante: “Pinocho“, “Pedro y el Lobo” o la antes citada historia de “George Washington y el pequeño cerezo“.

Tras acabar el cuento el investigador le preguntaba al niño de turno si había mirado el juguete cuando él se había ido, pero la pregunta tenía un matiz diferente dependiendo del cuento que acababan de leer.

En el caso de “La tortuga y la liebre” (la historia de control), simplemente le preguntaba al niño:

“Te voy a hacer una pregunta y quiero que me digas la verdad. ¿De acuerdo?”

Una vez el niño asentía llegaba la pregunta: “¿Te giraste para ver el juguete cuando me fui de la habitación?”

A los niños a los que se les leyó “Pinocho” o “Pedro y el lobro” se les preguntaba de este modo:

“Te voy a hacer una pregunta y no quiero que seas como Pinocho/Pedro, quiero que me digas la verdad. ¿De acuerdo? ”

Pausa para que el niño asintiera y de nuevo la pregunta: “¿Te giraste para ver el juguete cuando me fui de la habitación?”

A los niños a los que se les leyó la historia del infante George Washington se les decía primero:

“Te voy a hacer una pregunta y quiero que seas como George Washington en la historia, quiero que me digas la verdad. ¿De acuerdo?”

Tras lo cual de nuevo, la pregunta clave: “¿Te giraste para ver el juguete cuando me fui de la habitación?”

Cuando el experimento acabó, los investigadores analizaron las imágenes de vídeo y las cruzaron con las respuestas de los niños. Pronto asomó un patrón, a menor edad tenían los niños mayor probabilidad de que se volteasen. Es natural, a los tres años la naturaleza curiosa de los críos es irrefrenable, de modo que el 88% de los niños de esta edad se dio la vuelta para observar el juguete. Los niños que tenían siete años se comportaron mejor, aún así el 68% desobedecieron y se dieron la vuelta para echarle una miradita al juguete.

Pero lo más curioso vino cuando se analizó el índice de honradez de los niños, dependiendo de la historia que se les hubiera leído. Aproximadamente solo un tercio de los niños que se voltearon, de entre a los que se les había leído “La tortuga y la liebre”, “Pinocho” o “Pedro y el lobo”, reconocieron honestamente haber mirado el juguete.

Y aquí viene lo bueno. El índice de honradez entre aquellos niños que habían escuchado la historia de George Washington antes de la famosa pregunta, reconociendo haberse volteado para ver el juguete, ascendió a prácticamente la mitad. ¿Cómo es posible?

Los investigadores creen que la respuesta está en la propia historia del jovencito Washington, ya que a pesar de haber actuado mal cortando el cerezo fue incapaz de mentir, hecho por el que su padre le recompensó dando más importancia a la honradez de su hijo que a haber perdido su querido retoño de cerezo. En los otros casos, Pedro o Pinocho no obtienen nada bueno tras haber mentido, más bien todo lo contrario… las ovejas mueren y el pueblo reprueba al mentiroso pastor, o la nariz de madera crece y crece señalando la falta de virtud del muñeco de madera. Resumiendo, en ambas historias la única recompensa es una moraleja “sin sustancia”.

Visto lo cual, parece que todos los padres (incluídos los de Bárcenas, Fabra, o los de los responsables del fraude de los ERE en Andalucía) hemos estado haciendo el canelo a la hora de elegir las historias que les contábamos a nuestros niños a pie de cama. ¿Sabéis qué? Yo por si acaso esta misma noche les cuento a los míos la historia de Washingtoncito y el cerezo.

Moraleja: A la mierda con las moralejas…

Si queréis consultar el trabajo, lo encontraréis publicado con el título “Can Classic Moral Stories Promote Honesty in Children?” en la edición online del 13 de junio de 2014 de la revista Psychological Science.

Me enteré leyendo Scilogs.com.

10 cosas que no sabías sobre el orgasmo (charla TED 2009 de Mary Roach)

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En 2008 la divulgadora estadounidense Mary Roach publicó un libro con un título que incluía como primera palabra el término slang “bonk“, que en jerga popular del Reino Unido viene a significa “follar”. Parece ser que el libro (que no encontraréis traducido al castellano) estuvo entre los 10 más vendidos y recomendados del año en Estados Unidos. Yo la verdad no había oído hablar de esta obra hasta hoy, cuando por casualidad me topé con una divertida charla Ted de la autora que lleva ya la friolera de 12 millones de visualizaciones.

Entre lo que me apasiona el tema (por desgracia a mi mujer ya no tanto), la amplia difusión que la charla tuvo en su día, y un título que yo mismo podría haber elegido: 10 cosas que no sabías sobre el orgasmo, no me he podido resistir a hablar de esta divertida charla en el blog.

Estos son los 10 puntos tocados, aunque lo recomendable es simplemente ver el vídeo e intentar no sonreir (especialmente con el ganadero danés estimulando a la cerda antes de inseminarla artificialmente).

1 – Los bebés ya se masturban en el útero
2 – Para tenerlo no hace falta jugar con los genitales
3 – Puedes tenerlos después de muerto
4 – Puede provocar mal aliento
5 – Puede curar el hipo (método seguramente mucho más divertido que este)
6 – Hubo un tiempo en que los doctores recetaban orgasmos para mejorar la fertilidad
7 – Los ganaderos porcinos en Dinamarca aún lo hacen (imperdible el vídeo)
8 – Las hembras animales se lo pasan mejor de lo que te crees
9 – Estudiar el orgasmo humano en un laboratorio no es fácil
10 – Aunque seguramente es muy entretenido

En fin, espero que la TED talk os haya parecido tan interesante y amena como a mi. Da para varias charlas de barra de bar de lo más entretenidas.

Por cierto, si os animáis con la versión original en inglés, el libro se titula: Bonk: The Curious Coupling of Science and Sex (Follar: la curiosa cópula entre ciencia y sexo) disponible para Kindle desde 9,82 USD en amazon.

PD. Gracias a Esteban TisendTV por subir la charla a Youtube con subtítulos en castellano superpuestos.

La fascinante historia de la mujer adicta a su implante cerebral

Acabo de leer en io9.com un viejo artículo (publicado en 2009) sobre el extraño caso de una mujer adicta a su implante cerebral.

Sucedió en 1986, una mujer cuya identidad se preserva, se somete a una intervención en la que se le implanta un dispositivo en el tálamo cerebral que libera corrientes eléctricas. Con ello pretenden curar sus dolores crónicos, los cuales vienen aquejándola durante más de una década a causa de una lesión.

Como siempre en los trabajos científicos, poco o nada trasciende de la identidad del sujeto, pero sí sabemos que antes del implante, los médicos intentaron combatir sus dolores sin éxito con todo tipo de fármacos, incluídos los opíaceos (a pesar de que el historial de la paciente mostraba episodios de alcoholismo y adicción a las drogas). Obviamente aquello fue una mala idea, porque nuestra protagonista se suministraba dosis que superaban ampliamente lo recomendado. De ahí que finalmente, ante semejante historial de adicciones, se decidiesen a probar con ella el estimulador talámico.

¿Quién les iba a decir a los doctores que aquello terminaría por crear una nueva adicción? En efecto, la paciente descubrió pronto un efecto secundario del implante de lo más inesperado: provocaba sensaciones eróticas. La respuesta placentera se intensificaba cuando se producía una estimulación continua al 75% de amplitud, seguida frecuentemente de cortas explosiones al 100% de amplitud.

Si estáis interesados científicamente en su historia, os recomiendo que leáis el artículo sobre su caso que se publicó en la revista “Pain” (Dolor) con el siguiente título: Auto-estimulación talámica compulsiva: un caso con correlaciones metabólicas, electrofisiológicas y conductuales. Para los que no queráis hacerlo aquí va un breve resumen.

“Aunque la excitación sexual era notable, la paciente no alcanzaba orgasmos con estos breves aumentos en la intensidad de la estimulación. A pesar de varios episodios de taquicardia auricular paroxística [perturbación cardíaca] y del desarrollo de síntomas adversos tanto de comportamiento como neurológicos durante la estimulación máxima, la paciente desarrolló un uso compulsivo del estimulador.

En su forma más frecuente, la paciente se auto-estimulaba durante todo el día, descuidando su higiene personal y los compromisos familiares. Desarrolló una ulceración crónica en la punta del dedo que utilizaba para ajustar el dial de la amplitud y manipulaba con frecuencia el dispositivo en un esfuerzo por aumentar la amplitud de la estimulación. A veces, imploraba que limitasen su acceso al estimulador, pero en cada ocasión exigía su devolución después de una breve pausa. Durante los dos últimos años, el uso compulsivo del estimulador se asoció con frecuentes ataques de ansiedad, despersonalización, períodos de polidipsia psicogénica e inactividad casi total.”

¡Menudo cuadro verdad! Todo este asunto la verdad me ha recordado a la genialidad del gran Woody Allen, quien en su comedia de 1973 “El dormilón describe un dispositivo electromecánico futurista llamado orgasmatrón, con el que sin dudas – caso de existir – muchos encontrarían su ruina.

Y es que en el fondo, no somos mucho mejores que las ratas. Lo digo haciendo referencia al famoso experimento de 1953, en el que Peter Milner y James Olds implantaron electrodos en el cerebro de unos roedores de laboratorio, con los que intentaban estimular el tronco del encéfalo. Algo salió mal con un animal, y la zona estimulada fue la llamada septum pelucidum (el así llamado “circuito del placer”). Cuando la rata pulsaba una palanca, estimulaba varios puntos del circuito mesocorticolímbico del placer, lo cual la llevó a pasarse el día pegada a la palanquita, olvidándose incluso de la palanca que le aportaba alimento. Aquella, y otras ratas que la siguieron, llegaron a autoestimularse hasta 2000 veces por hora, a veces durante un día completo, lo cual las llevaba a la extenuación. Para evitar que murieran de inanición, los científicos tenían que desconectarlas regularmente del aparato.

Tras repasar todos estos experimentos fallidos lo cierto es que he llegado a una conclusión. Si algún día inventan un implante sexual que suministre orgasmos y vívidas experiencias sexuales irreales a demanda, por favor no cuenten conmigo.

Me enteré leyendo io9.com

El fin de la inocencia de las anémonas

Mas allá de hacerse conocidas para muchos por servir de refugio a Nemo y su padre, las anénomonas son criaturas curiosas. Uno tiende a pensar en ellas más como plantas que como animales, debido entre otras cosas a su inmovilidad y a las coloridas formas “florales” de estos pólipos, pero si os fijáis en la brutal foto estaréis de acuerdo en que hemos llegado al “fin de la inocencia de las anémonas”.

Porque vale, la anémona marina gigante verde de la instantánea (Anthopleura xanthogrammica) que por cierto es muy común en zonas costeras rocosas y poco profundas desde Alaska a Panamá, tiene unas dimensiones considerables. Solo su corona de tentáculos puede medir hasta 25 centímetros de diámetro, lo que le permite alimentarse de peces pequeños de hasta 15 centímetros de largo, mejillones, cangrejos, erizos de mar… ¡Pero atreverse con un ave marina!

Imaginaos la sorpresa de la investigadora Lisa Guy, de la Junta de Washington del Intituto para el Estudio de la Atmósfera y Océanos, cuando descubrieron a este ejemplar de anémona gigante devorando un polluelo de cormorán. La cabeza del ave ya ha desaparecido por completo dentro de la faringe de la actiniaria, e imaginamos que la digestión será lenta y pesada.

Si queréis ver una filmación del curioso hallazgo, Youtube cuenta con este video.

La referencia científica del hallazgo se publicó en Marine Ornithology.

Ahora que había quedado claro que las avestruces no entierran la cabeza en el suelo nos enteramos de que los cormoranes entierran la cabeza en las anémonas marinas. ¿Lo habrá hecho por curiosidad? Mira que muerde…

¿Verter lágrimas de cocodrilo? ¡Mejor bebérselas!

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El diciembre de 2013, el ecologista Carlos de la Rosa (director de la Estación Biológica La Selva) navegaba río abajo, recorriendo el curso del costarricense río Puerto Viejo, cuando se encontró (y grabó en vídeo) la escena que podéis contemplar sobre estas líneas.

Descansando sobre un gran arbol derribado sobre el lecho del rio, divisó un ejemplar de caimán de anteojos (Caiman crocodilus) al que acompañaban dos inesperados invitados. Se trataba de una mariposa Julia (Dryas iulia) y de una abeja solitaria (Centris sp.), quienes aparentemente ajenos a la peligrosa presencia del reptil, bebían sus lágrimas.

En un trabajo, recientemente publicado por de la Rosa en la revista Frontiers in Ecology and the Environment, el ecologista sostiene que ambos insectos (no se si atreverme a calificarles como “valientes”) probablemente bebían las lágrimas del caimán para obtener sales y proteínas escasas en los trópicos.

Al buscar otras imágenes online de comportamientos parecidos, de la Rosa quedó sorprendido al encontrar amplias evidencias de otros insectos bebiendo lágrimas de cocodrilos y de otras especies de reptiles, como las tortugas. En su opinión, la práctica debe ser más común de lo que los científicos sospechan, aunque difícil de fotografiar.

Me enteré leyendo Science Shots.

¿Qué hacemos con el virus de la viruela: destruirlo o conservarlo?


Se estima que durante el siglo XX murieron unos 300 millones de personas a causa del virus de la viruela. Luego se desarrolló una cura, y la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró erradicada la enfermedad en 1979. Desde entonces, las únicas muestras vivas del variola virus, el causante de la viruela, se encuentran aisladas en el CDC de Atlanta (EE.UU.) y en Rusia, donde reposan a buen recaudo desde hace 45 años.

¿Deberíamos destruir esas muestras y declarar extinto el virus? Hay quien opina que deberíamos hacerlo, para salvaguardar al mundo de un posible error de confinamiento o de un robo con la intención de emplearlo en un ataque terrorista. Otros en cambio creen que merece la pena conservarlo por su potencial en investigación y para elaborar vacunas.

¿Pero de verdad necesitamos seguir fabricando vacunas para una enfermedad que ya no ataca a los humanos? El último caso de contagio natural fue diagnosticado en 1977, y a día de hoy el riesgo de que este virus reaparezca es minúsculo. No obstante, los científicos desconocen con exactitud el tiempo que el virus puede sobrevivir en tejidos muertos.

En anteriores ocasiones, los científicos han logrado revivir virus antiguos siempre que encuentren especímenes preservados bajo condiciones medioambientales ideales. Por ello, no podemos descartar la posibilidad de sacar a la luz formas vivas del variola virus a partir de momias congeladas o de antiguas muestras de tejido.

Puede parecer que tales cosas no pasan, pero lo cierto es que de tanto en tanto salta alguna alarma. En 2011, por ejemplo, trabajadores de la construcción en Nueva York desenterraron el cuerpo de una mujer muerta por viruela en el siglo XIX. Inmediatamente se llamó al CDC, solo para confirmar que el cadáver no suponía un riesgo para los humanos. Recientemente, una pequeña escama de viruela conservada en una carta de 1876 y expuesta en un museo de Virginia (EE.UU.) dio un buen susto a la comunidad, aunque igualmente resultó ser inocua.

¿Tu que votarías si pidieran tu opinión al respecto? Ahí va mi respuesta: conservarlas guardadas bajo siete llaves. Conviene recordar que de tanto en tanto el virus de la viruela del mono (pariente de la variedad que atacaba a los humanos) contagia a algún hombre en África. Si bien ocurre rara vez, en caso de mutación de este virus (llamado monkeypox virus) podríamos necesitar experimentar con su primo extinto, el variola virus.

A finales de este mes las autoridades de la OMS se reunirán para decir qué hacer con las muestras de este virus que aún se conservan.

En Smithsonian Magazine , hay un interesante debate en el que los defensores de la destrucción del virus y los que abogan por mantenerlo como seguro para un hipotético rebrote exponen sus puntos de vista (en inglés).

Me enteré leyendo Neatorama.

Las cinco formas más efectivas de curar las verrugas

En la web de consultas pediátricas Parenting.com he leído una respuesta interesante sobre el tratamiento de las verrugas en bebés, una de las dudas más consultadas también para adultos, así que me he propuesto traducirla.

El texto comienza con la pregunta de una lectora sobre el mejor modo de tratar una gran verruga que su hijo de dos años y medio tiene en la mano. Esta es la respuesta a cargo de una reconocida pediatra estadounidense:

Las verrugas, que son provocadas por el virus del paoploma humano son increiblemente comunes. No son nada serio para a veces pueden ser incómodas (dependiendo del lugar en el que salgan) y embarazosas para otros niños. Un bebé probablemente no les preste mucha antención. Aunque a menudo desaparecen por si solas, existen formas de acelerar el proceso tanto en casa como en la consulta del doctor.

1 Ácido salicílico. Ampliamente disponible en farmacias, tanto en soluciones cremosas que pueden extenderse sobre la verruga, como en pequeñas apósitos que pueden colocarse sobre la verruga y fijarse con vendas o esparadrapos. Funcionan bastante bien, pero incluso usándolas a diario, se puede tardar meses en hacer desaparecer la verruga. Frotar ligeramente la verruga con una lima para uñas antes de aplicar el tratamiento puede ayudar. Intentad poner la medicina únicamente sobre la verruga, y parad durante unos días si aparece sonrojación o irritación en la piel que la rodea.

2 Cinta adhesiva. Coloca una porción de cinta sobre la verruga y cámbiala diariamente. Puede sonar un poco extraño pero lo cierto es que funciona tan bien como el ácido salicílico.

3 Ajo. Hay estudios que sugieren que frotarse un diente de ajo cada noche sobre la verruga y luego cubrirla con un vendaje puede ayudar a que desaparezca más rápido.

4 Congelación (crioterapia). El doctor puede usar un poco de algodón empapado en nitrógeno líquido, o algo parecido, para congelar la verruga. Normalmente es indoloro, pero a menudo hay que repetir el tratamiento y no es necesariamente más efectivo que el ácido salicílico o las otras terapias caseras.

5 Cantaridina. Este es otro líquido que debe aplicar un doctor y que en esencia quema la verruga. Existen otros tratamientos, como aplicar cremas con otros compuestos químicos sobre las verrugas, e incluso extraerlas con la ayuda de un láser o con cirugía, pero lo cierto es que normalmente no son necesarios.

Respuesta a cargo de Claire McCarthy, M.D., profesora asistente de pediatría en la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard.

Me enteré leyendo parenting.com.

Si tu perro se pone malo por comer chocolate no lo arregles con ibuprofeno

Mi hija está en esa terrible edad en la que conseguir un perrito lo es todo en su vida. Lo ha intentado de todas las maneras, negociando obtener mejores notas (y eso que ya son buenas) e incluso con extorsión sentimental regada de sentidas lágrimas, que me hacen sentir como un dictador garciamarquiano. Le he comentado mil veces la enorme responsabilidad que supone tener un animal en un piso, pero nada sirve para quitarle la idea de la cabeza. Dice estar dispuesta a levantarse un domingo de tormenta a las 7 a.m. para sacarle a hacer pipí y popó, cosa que no acabo de creerme claro. No obstante, creo que ya tengo la estrategia perfecta para hacer pasar al dichoso cachorrito de Yorkshire al reino del olvido: hoy voy a intentar hacerla recapacitar diciéndole que vivir con un perro nos obligaría a vivir sin chocolate (otra de sus grandes pasiones). Ya os contaré si me funciona y se le pasa el capricho.

¿Pero entonces es cierto eso de que darle chocolate a un perro es tan peligroso?

Mi admirado Cecil Adams me saca de dudas en Straightdope. En efecto, el chocolate es después del veneno para ratas y ¡ojo al dato! el ibuprofeno, la tercera causa más común de envenenamiento en perros en los Estados Unidos. ¿La razón? principalmente dos alcaloidoes presentes en este dulce: la cafeína y la teobromina. Estos dos compuestos pueden provocar alteraciones erráticas en el ritmo cardíaco de tu perro, y lo que es peor… en dosis grandes incluso pueden matarlo.

Reconozco que lo que más me ha sorprendido de la respuesta de Adams (de hecho casi más que la confirmación de la “toxicidad” del chucho-chocolate) es conocer la pasión que despierta entre nuestros amigos peludos el ibuprofeno (recordemos, uno de los 40 medicamentos más vendidos en España). Al parecer este conocido analgésico tiene un olor y un sabor irresistible para los cánidos. En EE.UU. las aspirinas, el ibuprofeno, y otros fármacos que aquí se venden sin receta, pueden comprarse directamente en los supermercados en grandes frascos (p.e. véase oferta de un frasco de 750 pastillas de ibuprofeno por menos de 13 eur). Cuando un perro tiene acceso a uno de estos grandes frascos y consigue abrirlo, se comen todo el contenido, vomitan sus tripas y mueren.

Tranquilos, aquí en España las grajeas vienen protegidas una a una, formando tabletas, y además las cantidades son más pequeñas por lo que el riesgo de envenenamiento en perros es casi inapreciable. Sin embargo, conviene recordar que con niños y con perros en casa, lo mejor es guardar los medicamentos (y por si acaso el chocolate) en un lugar elevado y bien cerrado.

¿Está Internet acabando con la religión?

En Techology Review, acabo de leer una interesante reseña sobre el trabajo de Allen B. Downey, científico computacional en la Escuela Olin de Ingeniería de Massachusetts.

Downey ha estudiado las respuestas de casi 9.000 personas a las Encuesta Social General (GSS) estadounidense, un sistema de consulta estadística muy respetado que viene recogiendo de forma regular las tendencias demográficas en EE.UU. desde 1972. Algunas de las preguntas a los encuestados tienen que ver con la religión en la que fueron educados en su niñez, así como con las creencias religiosas que se profesan durante la edad adulta.

Tras comparar los datos de la década de 1990 con la de 2010, Downey comprobó que el porcentaje de estadounidenses que no tenían preferencia por ninguna religión (o lo que es lo mismo que no profesaban ninguna) se había más que doblado en apenas dos décadas. Los ateos habían pasado de representar a un 8% de la población en 1990 a un 18% en 2010. Eso implicaba un aumento de 25 millones de personas. ¿Cómo era posible? ¿Dónde estaban las causas?

Según puedo leer, los factores identificados son varios. De hecho Downey cree haber encontrado respuestas que justifican el 50% del descenso de religiosidad experimentado por EE.UU. en dos décadas, pero sigue sin encontrar explicación para la otra mitad.

El autor incluso cuantifica estos factores. Un 25% del descenso en la fe (cualquiera que sea) se debe a la reducción en el número de niños que se educan en colegios religiosos. Es un hecho probado que los niños educados en colegios laicos son más proclives a no tener creencias religiosas cuando alcanzan la edad adulta.

Otro 5% de la explicación al aumento en el ateísmo en aquel país se debe, en opinión del autor, al aumento en el porcentaje de alumnos que alcanzan la universidad. En 1980 solo un 17,4% de la población recibía enseñanza superior, en la década del 200 el porcentaje era del 27,2%. Parece que el contacto con un amplio grupo de personas educadas de forma diversa y con distintos puntos de vista, parece aumentar el número de descreídos. Es fácil imaginar que aquellos que se crían en comunidades pequeñas y homogéneas, en las que es más complicado tener acceso a puntos de vista diversos (y eso es bastante común en la usualmente religiosa América profunda) tienen más dificultades para disentir.

Y ahora viene lo bueno. En opinión de Dawney existe una correlación entre el descenso estadístico observado en la religiosidad de los estadounidenses, y el aumento en el uso de internet que se ha vivido durante estas últimas décadas. Si en los 80 el uso de internet era prácticamente cero en los hogares norteamericanos, en 2010 el 53% de la población pasaba al menos 2 horas semanales navegando (el 25% de la población navegaba al menos 7 horas semanales).

Obviamente correlación no implica causalidad, eso es algo que no hay que perder de vista, pero lo cierto es que parece bastante intuitivo imaginar que internet ha tenido algo que ver, y es que la red de redes ha dado la oportunidad de escapar de la homogeneidad local y compartir puntos de vista diversos (también en religión) a todo aquel que haya podido permitirse un dispositivo electrónico una conexión a la red. Por eso Dawney no duda en explicar el 20% del descenso en la religiosidad en base a la influencia directa de internet en la vida de los estadounidenses.

¿Cómo identificar al resto de los factores (el otro 50%)? El autor cree que los nacidos más tarde, de algún modo, están expuestos a alguna otra influencia que acrecienta su ateísmo, pero ni siquiera se atreve a especular cuál podría ser su naturaleza. ¿Alguna idea al respecto?

Podéis consultar el trabajo de Allen Downey en este enlace.

Me enteré leyendo Techology Review.

Columpios que te iluminan el lunes


Ahí los tenéis, una empresa patria con sede en Madrid llamada Ecosistema Urbano triunfando en Holanda a pesar del gol de Iniesta en el Soccer City y a pesar también de la leyenda negra del Duque de Alba, con la que al parecer aún asustan a los nenes en los Países Bajos cuando se portan mal (el equivalente a nuestro hombre del saco, vamos).

A simple vista puede pareceros (con razón) un simple tío-vivo, carrusel, caballito sin caballos, o como diríamos en Asturias un “marea-guajes”, pero tras los vistosos colores, columpios, cuerdas, poleas y armatostes giratorios varios, este cachivache es un generador de energía. Confieso que más de una vez pensé, viendo a un hamster correr como loco sin moverse del sitio, aquello de… ¡qué pena que no haya algo así, pero a tamaño natural, para el mocoso hiperactivo de la casa! Y si encima le añades una dinamo para que todos esos giros y energía mecánico-infantil se transforme en algo útil, y no se pierda en forma de entropía como lágrimas en la lluvia (o en desgaste de patio como diría Gila), pues mejor que mejor.

Tranquilos, la poquita energía generada por los niños al girar la estructura o tirar de las cuerdas, no pasa a la red eléctrica, ya que en ese caso seguro que aparecería por aquí un apostol del buenrollismo alertando del peligro de explotación infantil y pidiendo mi cabeza. En lugar de eso se almacena en una batería situada bajo el suelo del parque, y luego se usa para enceder leds de colores encastrados en el carrusel. Sin duda eso debe hacer el juego nocturno más divertido aún.

La verdad es que la idea me ha parecido genial, especialmente para enseñar unas nociones de física elemental a los niños de la que se cansan un ratillo entre risas. Y… ¡Qué coño! que me ha sorprendido gratamente saber que se le ha ocurrido a uno de casa. A esto si lo llamo yo Marca España.

PD. Si te pasas por el área de juegos para niños de Governeursplein en Dordrecht, date un par de vueltas a mi salud.

La foto la encontré en Inhabitat, una web conocida por su activismo ecológico.

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